Ultraísmo y feminismo libertario en Lucía Sánchez Saornil

Lucía es una de esas mujeres a la que se la excluye de la historia de la literatura y de la historia de la política, a pesar de ser una de las figuras más destacables de nuestro país en ambos campos.

Nació en una familia pobre madrileña en el barrio de Peñuelas de Madrid en 1895. Al morir su madre y su hermano mayor, quedó prácticamente a cargo de la familia junto con su padre, telefonista. Trabajaba mientras estudiaba primero enseñanzas artísticas en la escuela del Centro Hijos de Madrid y luego desde los 18 años en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Fue una gran devoradora de libros desde adolescente. Enseguida se adscribió a los círculos literarios más vanguardistas cofundando el movimiento ultraísta (de carácter antimodernista, digamos).

En 1913, con solo 18 años, envió a La Correspondencia de España el artículo «Hablan las muchachas»; donde usaba ya una prosa elegante para preocuparse por la educación de las mujeres y denunciar la discriminación que sufrían las niñas frente a los niños en los grupos de exploradores que salían a la sierra y al campo. En 1914 empezó su carrera literaria colaborando con Avante, de Ciudad Rodrigo, donde en un año publicó el poema «Nieve», otros 17 poemas y un relato. Su estilo, aunque posmodernista, era bastante personal, porque por su condición proletaria le estaban vedadas la mayor parte de las tertulias literarias, a lo que se sumaba su carácter reservado. Aun así, fue la mujer poeta más integrada en el ultraísmo o el creacionismo. Sus versos aparecieron en decenas de publicaciones. Ya en los años 20 se la incluía en las antologías de poetas de vanguardia, y se la sigue incluyendo.

ELEGÍA INTERIOR

Qué viento, de repente,

ha secado tu alma?

 Oh, si pudiéramos

hundir las manos en el fondo del tiempo.

Y traerlas colmadas

de las emociones antiguas!

Si pudiéramos, de nuevo,

leer las páginas que hemos dejado atrás

en las estanterías del pasado

entre el polvo de nuestra vida.

Minutos! Estampas inefables

que colgamos en nuestra galería

interior; galería encantada

donde había una brisa

que abría de repente las ventanas

a un eco de canciones

y de besos…

Quién ha cerrado nuestra galería?

Quién puso luto al sol?

Quién ha cerrado el libro

de nuestros madrigales?

Qué te ha dejado fría?

Qué viento, de repente

ha secado tu alma que no la encuentro?

El tiempo

sigue apagando lámparas

alma loca, alma mía.

(Lucía Sánchez Saornil)

En 1916 empezó a trabajar de telefonista en lo que, desde 1924, sería la Compañía Telefónica. Se afilió a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y participó en muchos conflictos sindicales. Por estos conflictos la despidieron y la detuvieron (la reincorporarían a su puesto en 1936, pero solo hasta 1939, pues con las depuraciones del franquismo la echaron de su puesto).

A partir de la década de 1920 y hasta la guerra civil, se centró en la política mediante su participación activa en diversas publicaciones anarcosindicalistas. Como pionera del feminismo en España y de la exhibición del deseo homosexual, su posición de que la lucha feminista no debía supeditarse a la lucha de clases, la enfrentó a algunos de sus propios compañeros de la CNT.

En 1936 cofundó la organización feminista y libertaria Mujeres Libres, y un mes después publicó el primer número de la revista Mujeres Libres con el objetivo de «despertar la conciencia femenina hacia las ideas libertarias», según escribieron las editoras en una carta a Emma Goldman, a quien conocía. Este movimiento nacido en torno a la CNT llegó a contar con hasta 20.000 miembros en 1938, a pesar del hecho de que existía sólo en la zona republicana.

Lucía Sánchez Saornil con Emma Goldman
Lucía Sánchez Saornil con Emma Goldman

Durante la República y la guerra civil se convirtió en una gran oradora y periodista, abandonó la poesía y adoptó la prosa como símbolo de unión con la dura condición obrera y como vehículo de comunicación no-burgués.

Pensaba que liberar a las mujeres de su esclavitud debía ser un trabajo solidario de hombres y mujeres, seguido de la solidaridad femenina, y pensaba que la maternidad era importante como una más de las muchas formas que la mujer tiene de alcanzar la plenitud, pero que nunca debería anular a la mujer. Y se volcó en la lucha por la enseñanza para las mujeres denunciando la triple condición de esclavitud: ignortantes, explotadas en el trabajo y explotadas como mujeres en el matrimonio o en la prostitución.

Para no abandonar a su padre y a su hermana, después de exiliarse conmocionó a los anarquistas volviendo a España, donde trabajó en lo que pudo, abandonando su faceta de escritora política e intelectual hasta su muerte de cáncer en 1970.

En su epitafio reza la frase (un verso): «Pero… ¿es verdad que la esperanza ha muerto?».

Ada Bale.

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