Una brevísima historia del feminismo

  1. Introducción

A finales del siglo XVIII, triunfaron las revoluciones burguesas en Francia y Estados Unidos. Herederas de la Ilustración nacen las constituciones liberales que más tarde darán lugar a las democracias liberales representativas en las que aún vivimos. En unos Estados donde la soberanía recaía de forma absoluta en el Rey, y en los que los únicos estamentos representados en el poder solían ser la nobleza y el clero, las constituciones liberales otorgaban la soberanía al pueblo y establecían las bases de lo que conocemos como democracias liberales o democracias burguesas. Esta nueva forma política era posible a partir de la la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que da pie a la Revolución Francesa, porque consideraba que todos los hombres tenían unos derechos naturales desde que nacían. Los más importantes eran el derecho a libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Se consideraba a los hombres animales políticos. La política es el arte de lograr el bien común. Política viene de polis, ciudad, entendida como comunidad de ciudadanos. Los ciudadanos son quienes participan activamente en la vida social, política y económica de su comunidad.

Pero hay que tener en cuenta que quienes redactaron las constituciones liberales y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano eran hombres (varones) de la burguesía.

En estas democracias liberales representativas (es decir, en las que se elegía a unos representantes del pueblo, de la ciudadanía, para ejercer el poder) se quedaban fuera los pobres, es decir, el pueblo llano, y se quedaban fuera las mujeres.

En 1791, la francesa Olympe de Gouges redacta la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana a imagen de la de los derechos del hombre para poner de manifiesto que las mujeres merecen igualdad de derechos. No los obtendrán. Este documento seguirá siendo solo una curiosidad durante muchas décadas.

Mientras tanto, a lo largo del siglo XIX y comienzos del siglo XX, se producen dos grandes pugnas en Europa: la de las democracias liberales intentando imponerse a las resistentes monarquías absolutas (liberalismo frente a totalitarismo; y progresismo frente a conservadurismo); y, por otra parte, la de los trabajadores, alentados por las ideas socialistas (socialismo, anarquismo, comunismo) que intentan conseguir derechos de participación política, laborales y sociales en esas democracias liberales donde la burguesía tiene el poder político y económico.

Sufragistas
Annie Kenney y Christabel Pankhurst de la WSPU , c. 1908

2. Sufragistas

Hasta casi finales del siglo XIX (cien años después de las revoluciones burguesas) no empieza a cobrar fuerza un movimiento de mujeres reclamando para sí la equiparación de derechos con los hombres y la igualdad ante la ley: el sufragismo. O de respeto de los derechos fundamentales de las mujeres: abolicionismo de la prostitución.

El derecho al voto fue una de las principales reivindicaciones del movimiento feminista, aunque algunas feministas como Concepción Arenal, consideraban que lo prioritario no era la participación política sino el acceso a la educación, que también estaba vetado a las mujeres.

El patriarcado se enfrentó a ellas ridiculizándolas como solteronas. Aunque algunos de los movimientos sufragistas más importantes se enfrentaron al poder no solo con palabras sino también con actos más combativos.

 

3. Los derechos de las mujeres

El Feminismo es la historia de una lucha. Es un movimiento progresivo a cuyo frente han estado muchas mujeres (y algunos hombres) que han tratado de lograr la igualdad de derechos para la mujer y que, todavía, no lo han conseguido del todo ni en todos los países.

Inicialmente, el feminismo buscó que se tuviera en cuenta a las mujeres en la participación pública, como ciudadanas de pleno derecho para recibir e impartir educación, para poder votar y poder ser elegidas como representantes públicos. Para que se tuviera en cuenta a las mujeres no solo en el ámbito privado (la familia, el hogar), sino también en el ámbito público, que siempre había estado reservado para los hombres.

La primera ola del feminismo nace en el siglo XVIII durante la Ilustración. Como ya hemos visto, los hombres de la Revolución Francesa luchaban por la igualdad jurídica, social y política, pero se olvidaron de las mujeres; así que ellas tuvieron que recordárselo. Gracias a esta primera ola, el colectivo femenino empezó a tomar conciencia de la opresión de la sociedad sobre la mujer.

girl power

La segunda ola es la que va desde finales del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La representan precisamente las sufragistas. Luchaban por el acceso de la mujer a la educación, la libertad, la igualdad y los derechos políticos, por eso su expresión más visible fue la de pedir el derecho al voto.

En algunos países las mujeres pudieron votar relativamente pronto: Nueva Zelanda (1893), Finlandia (1907), la Unión Soviética (1917), Estados Unidos (1920). En España hubo que esperar a que lo aprobara el gobierno de la Segunda República Española en 1931.

En otros países, la mujer ha tenido prohibido el voto hasta muy tarde: Francia (1944), China (1947), México (1947), India (1950), Perú (1955), Marruecos (1963), Angola (1975), República Centroafricana (1986), Namibia (1989).

En Arabia Saudita, no se garantizó el derecho al voto de la mujer ¡hasta 2011!, y aún así, está bastante limitado: es difícil que las mujeres posean los documentos necesarios para inscribirse, y además, para llevar a cabo el proceso o para tomar casi cualquier otra decisión en su vida, deben estar tuteladas por un hombre.

Recordemos que algo parecido pasaba en nuestro país durante la dictadura de Franco (hasta 1975), donde las mujeres (nuestras madres, abuelas o bisabuelas) se debían a las tareas dentro del hogar: familia, casa e hijos (ser esposas y madres). Las mujeres solteras necesitaban tener el “servicio social” para poder trabajar, para conseguir un certificado de estudios, sacarse el carnet de conducir o tener un pasaporte. El servicio social era una especie de servicio militar obligatorio para mujeres en el que se las instruía en la ideología del régimen y se las enseñaba a hacer lo que se llamaban “sus labores”: coser, limpiar, tejer, planchar. Las solteras, además, debían permanecer en la casa paterna aunque tuviesen más de 21 años (la mayoría de edad) hasta que les diese permiso su padre, hasta que se casaran o ingresaran en un convento o hasta que hubieran cumplido los 25 años. Las mujeres en la España de Franco se encontraban toda su vida en situación de tutela y subordinación con respecto a los hombres, como si fueran enfermas mentales o menores de edad. Especialmente las casadas, que debían obediencia a sus maridos y nunca podían tener la plena custodia de sus hijos, a menos que hubiesen enviudado. Aún así, hasta 1958, si la viuda se volvía a casar, perdía la custodia otra vez. Las mujeres casadas no podían contratar nada sin permiso del marido. Necesitaban su permiso para trabajar, para abrir un comercio, para hacer trámites oficiales, para hacer contratos de compra-venta o para tener una cuenta bancaria.

Durante la primera y, sobre todo, durante la segunda guerra mundial, una gran parte del trabajo en fábricas y en el campo quedó en manos de las mujeres mientras los hombres luchaban en el frente. Esto generó un cambio de roles y un horizonte de confianza. Muchas mujeres hicieron tan bien sus trabajos (antes considerados masculinos) que permanecieron en sus puestos después del conflicto.

La tercera ola del feminismo llegó en la década de los sesenta: frente a esa imagen mística de una feminidad hogareña, de una mujer madre, esposa y ama de casa, de nuevo grupos de mujeres blancas de clase media se oponían a la desigualdad entre géneros, era una especie de “feminismo liberal” que se centraba en la exclusión de la mujer en el ámbito público, recurriendo su derecho a entrar en el mercado laboral.

Pero al mismo tiempo, otras muchas mujeres empezaron a criticar esta forma de feminismo, porque creían que lo importante era la opresión y la explotación. Era lo que se ha llamado el “feminismo radical”, y empezó sobre todo entre las mujeres negras de Estados Unidos. Las mujeres negras no buscaban acceder al mercado laboral. Ese era un problema de mujeres blancas de clase media alta. Las mujeres pobres ya trabajaban, y las negras solían hacerlo en casa de mujeres blancas de clase media alta, haciendo sus tareas domésticas y criando a sus hijos para que ellas pudieran estudiar y luchar por sus derechos laborales.

El feminismo radical se oponía a la opresión y a la explotación en cualquiera de sus formas y para ello no bastaba con hacer políticas reformistas de la sociedad capitalista, era necesario abolir el orden patriarcal que domina la sociedad en la que vivimos: era necesario acabar con el sexismo, con el racismo, con el clasismo y con el imperialismo.

La cuarta ola del feminismo empieza después de los ochenta y es la que estamos viviendo. La sociedad y las mujeres no están dispuestas a seguir soportando el número de casos de violencia machista, los abusos, las violaciones, ni que aún sigan existiendo desigualdades en el mundo laboral. Se caracteriza por su activismo en Internet y por el uso de las redes sociales para aumentar la visibilidad y tener mayor repercusión internacional. Se lucha por defender el derecho al aborto en todos los países del mundo, por defender la igualdad, los derechos civiles, el fin de la violencia machista, contra los estereotipos y en defensa de la libertad sexual. Su bandera es la solidaridad femenina: la sororidad. Denuncian el sexismo en los medios de comunicación y apoyan al colectivo LGTBI, con el que colaboran.

4. Feminismo hoy

El Feminismo hoy toma la calle. Cada año, durante la celebración del Día Internacional de la Mujer Cada vez salen más mujeres de todas las edades a desbordar las calles de sus ciudades.

Hay avances y hay una larga lucha continua para construir una sociedad futura alejada de los estereotipos y de las desigualdades. Cada vez hay más presencia de mujeres en las universidades, en los centros de investigación y en puestos de poder.

La Carta de las Naciones Unidas garantiza la igualdad de derechos de mujeres y hombres. Todos los principales instrumentos internacionales en materia de derechos humanos estipulan que se debe poner fin a la discriminación por razones de sexo. Sin embargo, en la actualidad todavía existen importantes diferencias entre hombres y mujeres en el mundo y se violan muchos de los derechos humanos de las mujeres en muchas regiones del mundo.

El progreso ha sido especialmente lento para las mujeres y las niñas más marginadas. En muchos países sigue habiendo discriminación en las leyes. Las mujeres no participan en la política en las mismas condiciones que los hombres. Se enfrentan a una enorme discriminación en los mercados de trabajo y en el acceso a los bienes económicos. Las muchas formas de violencia dirigidas explícitamente hacia las mujeres y las niñas les niegan sus derechos y, con frecuencia, ponen en peligro sus vidas.

El sexismo, al igual que el racismo, puede manifestarse en todos los aspectos de la cultura y la sociedad. Se refleja en las actitudes de la gente, muchas inconscientes, que contribuyen a tal discriminación. El negar a uno de los sexos el pleno disfrute de los derechos humanos equivale a afirmar que ese sexo no es plenamente humano.

Os dejo aqui un fragmento de este interesante texto de bell hooks (así, en minúcula):

#metoo

“La violencia patriarcal en el hogar se basa en la creencia de que es admisible que un individuo con más poder controle a los demás mediante distintas formas de fuerza coercitiva. Esta definición ampliada de violencia doméstica incluye la violencia de los hombres hacia las mujeres, la violencia entre personas del mismo sexo y la violencia de las personas adultas contra niñas y niños. […] El hecho de que las mujeres no cometan actos violentos con tanta frecuencia como los hombres no niega la realidad de la violencia de las mujeres. 

Si queremos eliminar la violencia, debemos ver tanto a los hombres como a las mujeres de esta sociedad como grupos que apoyan su uso. […] Está claro que la mayoría de las mujeres no usa la violencia para dominar a los hombres (aunque un número reducido de mujeres golpee a hombres a lo largo de su vida), pero muchas mujeres creen que una persona que tiene autoridad tiene derecho a usar la fuerza para mantenerla. Una inmensa mayoría de los padres y madres utilizan alguna forma de agresión física o verbal contra niños y niñas. […] En las primeras etapas del pensamiento feminista, las activistas se equivocaron al no equiparar la violencia de los hombres contra las mujeres con el militarismo imperialista […] Mientras el pensamiento sexista siga socializando a los niños varones para ser «asesinos», ya sea en luchas imaginarias entre buenos y malos, ya sea como soldados del imperialismo para dominar al resto de naciones, continuará la violencia patriarcal contra las mujeres y la infancia.

(© Del capítulo “Acabar con la violencia”, en El feminismo es para todo el mundo, de bell hooks, Traficantes de Sueños, 2017.)

Bibliografía, por si queréis saber más:

Sally Heathcote, Sufragista (cómic), de Kate Charlesworth Bryan Talbot, La Cúpula, 2015

Herstory: una historia ilustrada de las mujeres, de Nacho Moreno, María Bastarós y Cristina Daura, Lumen, 2018.

El feminismo es para todo el mundo, de bell hooks, Traficantes de Sueños, 2017.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie, Penguin, 2019.

Feminismo ilustrado, de María Murnau y Helen Sotillo, Montena, 2017.

Cómo identificar los micromachismos, de Ana Requena Aguilar,  Continta me tienes, 2018.

Feminismo para principiantes (edición actualizada), de Nuria Varela, Ediciones B, 2018.

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